martes, 27 de noviembre de 2012

Ezekiel 23:19

En la antigua casa de mi abuela el baño no quedaba al fondo a la derecha, sino al final de un pasillo largo y oscuro. A ambos lados del corredor, con las luces apagadas, había varias habitaciones cuyas puertas permanecían siempre entreabiertas gracias a la acción de topes improvisados (sillas diminutas y absurdas, papeleras, etc). 



Las habitaciones tenían todas ventanas muy pequeñas que daban al exterior pero, al estar cubiertas por cortinas gruesas, tan sólo permitían el paso de una cantidad mínima de luz, así que cuando pasabas por delante del cuarto tenías que esforzarte para ver qué contenía.

La cuestión es que, colgando de la pared de la habitación de mi abuela, alineado perfectamente con la puerta en el otro extremo del cuarto y con una mesita de mimbre, estaba esto.



De camino al baño, no podía evitar quedarme parado unos segundos mirando ese Jesucristo hiperrealista colgando de la cruz. Su piel brillaba como recién pulida, pero era un brillo grasiento, por lo que daba la impresión de que estuviera sudado. Tenía el cuello retorcido en una posición aparentemente tan incómoda que parecía que en cualquier momento la figura iba estirarlo y soltar un suspiro aliviado. Era una idea que, aunque una parte de mí deseaba que ocurriera, me acojonaba más que cualquier otra cosa.

Mientras estaba a salvo en el baño solía pensar que, tal vez, Jesucristo se estaba moviendo, retorciendo su cuerpecillo de madera mientras nadie le miraba (maldita sea, Toy Story). Cuando terminaba mi labor, atravesaba el pasillo corriendo en sprint hasta la seguridad del salón, ignorando la información que recibía de mi visión periférica. Me aterrorizaba la idea de volver a asomar la cabeza por esa puerta en el trayecto de vuelta, el miedo a que Jesús se hubiera movido y no le hubiera dado tiempo a volver a la cruz. El miedo a encontrar esto:







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