martes, 27 de noviembre de 2012

Ezekiel 23:19

En la antigua casa de mi abuela el baño no quedaba al fondo a la derecha, sino al final de un pasillo largo y oscuro. A ambos lados del corredor, con las luces apagadas, había varias habitaciones cuyas puertas permanecían siempre entreabiertas gracias a la acción de topes improvisados (sillas diminutas y absurdas, papeleras, etc). 



Las habitaciones tenían todas ventanas muy pequeñas que daban al exterior pero, al estar cubiertas por cortinas gruesas, tan sólo permitían el paso de una cantidad mínima de luz, así que cuando pasabas por delante del cuarto tenías que esforzarte para ver qué contenía.

La cuestión es que, colgando de la pared de la habitación de mi abuela, alineado perfectamente con la puerta en el otro extremo del cuarto y con una mesita de mimbre, estaba esto.



De camino al baño, no podía evitar quedarme parado unos segundos mirando ese Jesucristo hiperrealista colgando de la cruz. Su piel brillaba como recién pulida, pero era un brillo grasiento, por lo que daba la impresión de que estuviera sudado. Tenía el cuello retorcido en una posición aparentemente tan incómoda que parecía que en cualquier momento la figura iba estirarlo y soltar un suspiro aliviado. Era una idea que, aunque una parte de mí deseaba que ocurriera, me acojonaba más que cualquier otra cosa.

Mientras estaba a salvo en el baño solía pensar que, tal vez, Jesucristo se estaba moviendo, retorciendo su cuerpecillo de madera mientras nadie le miraba (maldita sea, Toy Story). Cuando terminaba mi labor, atravesaba el pasillo corriendo en sprint hasta la seguridad del salón, ignorando la información que recibía de mi visión periférica. Me aterrorizaba la idea de volver a asomar la cabeza por esa puerta en el trayecto de vuelta, el miedo a que Jesús se hubiera movido y no le hubiera dado tiempo a volver a la cruz. El miedo a encontrar esto:







viernes, 16 de noviembre de 2012

Geopolítica

En el contexto actual de crisis financiera, la Unión Europea decide tomar medidas radicales: los estados de la unión se fusionan para formar un sólo país sin fronteras.

Uno de los debates más polémicos que abre esta decisión, es la elección de un buen nombre.

"Estados Unidos de Europa" sería muy poco original, comenta un eurodiputado, Necesitamos un término con gancho, que inspire seguridad y confianza.

Al final, el asunto se somete a votación por internet. Tras dos reñidas semanas se acaba imponiendo, por unos pocos miles de votos, el nombre Equipo Tigre, y termina encajando tan bien que la gente tarda poco en olvidarse de la vieja Europa.

Lo curioso es que sus habitantes, unidos todos bajo este mismo título, parecen haber conectado muy bien con su nueva condición de equipo de ochocientos millones de personas. En los noticiarios y periódicos de todo el mundo, el Equipo Tigre acapara los titulares.

"Y, en cuanto al panorama internacional, las medidas adoptadas por el Equipo Tigre han catapultado la economía [...]"

"Newly founded Tiger Team recovers at amazing rate"

A todo esto, la bandera sería algo así:



O esta, un poco más agresiva, ondea al viento en los mástiles de nuestras embajadas por todo el mundo.




jueves, 1 de noviembre de 2012

Niña de la curva (I)

El coche cortaba el viento a lo largo de la carretera, mientras la música que salía de sus altavoces rompía el silencio del bosque que la rodeaba. Los cinco amigos que lo ocupaban hacían el imbécil pegados a los asientos, medio bebidos, buscando con los faros gastados del automóvil una discoteca en medio de la nada.

- Oye, diría que no hemos cogido el desvío correcto- se aventuró a suponer el copiloto, dando un trago a su cerveza-, a lo mejor deberíamos... Eh, ¿Qué es eso? ¡Por dios! ¡Frena!

Una figura brillante se perfiló a escasos cincuenta metros del coche, apuntada por el aterrorizado dedo del copiloto, al borde de la carretera. En pocas décimas de segundo, con el brusco chirrido de las ruedas al frenar como sonido de fondo, pudieron distinguir a una chica joven, muy pálida, enfundada en un vestido largo y blanco.

Cuando el coche se detuvo bruscamente, sus ocupantes rebotaron de delante hacia atrás por efecto de la desaceleración y parte del contenido de sus bebidas pasó a formar parte de la vieja tapicería del vehículo. El copiloto bajó la ventanilla y se asomó, un poco nervioso.

- Oye, ¿Va todo bien?

- Podrías llevarme a mi casa, ¿Por favor?- preguntó la muchacha con la voz quebrada y parte de su larga    cabellera negra tapándole la cara.

- Ufff... Verás, ya somos cinco en el coche y, sinceramente, hemos bebido un poco. Si te llevamos seguro que nos pararán y nos harán soplar.

- Tío, ¡No podemos dejarla aquí!- comentó otro desde el asiento trasero.

- Pero podemos llamarle un taxi- replicó el copiloto.

- Tengo mucho frío...- intervino la chica, temblando.

Los ocupantes del vehículo intercambiaron miradas de aceptación y uno de los que estaban detrás abrió la puerta trasera para que la joven entrara en el coche. El del centro adoptó el papel de mediador racional, sin darse cuenta de que su propuesta había sido ideada, en gran parte, por el vodka barato.

- Sé que es un palo pero, ¿Podrías tumbarte entre los asientos traseros y delanteros? Te amortiguamos un poco con los pies. O los apartamos, como quieras. Ya sabes, por lo que te decíamos de la policía.

La niña de la curva no dijo nada y, en silencio, se agachó y empezó a arrastrarse entre los asientos delanteros y las espinillas de los ocupantes de atrás. Uno de ellos contuvo una risotada tonta.

- Si en algún momento estás incómoda, dínoslo y te hacemos más sitio- señaló, recuperando la seriedad.

De nuevo, la niña de la curva permaneció en silencio.

El coche arrancó de nuevo y prosiguió su marcha por la carretera, aunque tranquilamente y sin despertar a los pocos vecinos de la zona. 

- ¿No sabrás dónde está la discoteca "Espasmo", por casualidad?- preguntó el conductor para romper el hielo, harto del ambiente tenso que se había formado.

- No, no lo sé...- suspiró la chica en tono fúnebre.

- Vaya...

De nuevo, el silencio y la atmósfera tensa se apropiaron del vehículo durante unos minutos. Fue el copiloto quien intentó salvar la situación esta vez.

- Pues, ¿sabéis? Hay un...

- Creo...- le interrumpió la voz de la niña de la curva desde debajo del asiento del conductor-. Que más o menos a esta altura, en esta curva, me maté yo.

Los ocupantes del coche se miraron, confundidos. Estaban en un tramo recto.

- ¡¡Joder, joder!!- exclamó repentinamente el joven del asiento trasero central- ¡¡La tía esta ha desaparecido!!

- ¡ME CAGO EN LA PUTA!- gritó el conductor, perdiendo momentáneamente el control del volante, mientras cundía el pánico en el interior del coche.

Afortunadamente, al encontrarse en un tramo recto bastante amplio, el coche tan sólo se bamboleó unos centímetros hacia cada lado antes de que el conductor recuperara la compostura. 

- ¡Madre mía! ¿Estáis todos bien?- preguntó otro ocupante de los asientos traseros, resoplando, unos cuatrocientos metros antes de la siguiente curva que encontraron.